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[21:12 PM]
Número
4
Es tradición del taller reunirse con autor@s para
comentar sus novelas, técnicas de escritura y opiniones
literarias. Sin embargo, en este número os
ofrecemos una clase teórica impartida
por Juan Rulfo |
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JUAN
RULFO
El desafío de la creación*
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Desgraciadamente yo
no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la
gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero
ahí.
Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en
las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en
cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar
del tiempo: "hoy parece que por ahí vienen las nubes..."
En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar
historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo
yo que, precisamente, uno de los principios de la creación
literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos;
todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura
es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de
la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los
principios fundamentales de la creación.
Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es
crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde
ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a
hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos
tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para
contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja
en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a
mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos
en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir
no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración,
el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse
a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas,
para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la
clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello.
A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas
y no aparece el personaje que yo quería que apareciera,
aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo.
De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va
tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida,
uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando
vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad,
si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se
puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo
haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido.
Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación
es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a
decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad
de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído,
está haciendo historia, reportaje.
A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras,
que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo,
dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero
es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo
de que hablábamos antes está la imaginación circulando;
la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que
romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede
haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar,
hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición:
la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido,
pero que está sucediendo en la escritura. Concretando,
se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente
verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra
la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es
solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo
en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse
en una especie de medium de cosas que uno mismo desconoce,
pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición
lo llevan a uno a crear y seguir creando. Creo que eso
es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia
que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra
cosa muy importante también que es el querer contar algo
sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen
más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte.
No hay más, no hay más temas, así es que para captar su
desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma
darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el
tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque
el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas
de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado
desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien
sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de
tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria,
la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige,
la que provoca que una historia tenga interés y llame
la atención a los demás. Conforme se publica un cuento
o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve
a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente
terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente:
el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por
experiencia propia, de que no está concluido, de que algo
se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar
la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que
ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo.
En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme
de la historia, nunca cuento un cuento en que haya
experiencias personales o que haya algo autobiográfico
o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo
o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el
misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega
a la conclusión de que si el personaje no funciona, y
el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla
inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes
deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas,
nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son
la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno
al autor. El problema, como les decía antes, es encontrar
el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer
ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el
personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete
en un callejón sin salida. Una de las cosas más difíciles
que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación
del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos
personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque
entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración;
llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo,
en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología
que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre
el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio
que movía las acciones del hombre. Cuando sucede eso,
se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo,
mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla
general, el género que se presta menos a eso es el cuento.
Para mí el cuento es un género realmente más importante
que la novela porque hay que concentrarse en unas
cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar,
hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco
al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando
el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por
escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces,
simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse,
no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad;
yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre
la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.
La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un
saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción,
ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas
con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en
el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en
unas cuantas palabras, decir o contar una historia que
otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos,
la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio
de la creación literaria; claro que no es una exposición
brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy
hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo
mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos;
cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero
que el escritor debe ser el menos intelectual de todos
los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos
son cosas muy personales que no tienen por qué influir
en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás;
cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese
sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo
se ha logrado.
Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que
escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar
el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace,
nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas
cosas que al ser desarrolladas se pierden. |
portada | arriba |
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| * Rulfo, Juan. El desafío
de la creación, en Zavala, Lauro (ed.) * |
| Teorías del cuento, III.
Poéticas de la brevedad. Coordinación de Difusión Cultural,
Dirección de Literatura |
| UNAM. México, 1997. |
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