El
Señor de la Vida. Su nombre proviene de la palabra quetzal,
nombre de un extraño pájaro, y cóatl, la serpiente: la
serpiente emplumada.
Quetzalcóatl aparecía bajo muy distintas manifestaciones
a sus adoradores, como un joven atractivo, de piel trigueña,
envuelto en una capa de plumas de quetzal. Otras veces
se le veía cruzando el cielo como la Serpiente Emplumada,
con las escamas multicolores del cuerpo fundiéndose con
las plumas del cuello y la cabeza.
Como Señor de la Vida, traía la lluvia, la fertilidad,
la prosperidad para su pueblo. Era también el Dios del
Viento, padre amantísimo de todo el Cosmos. Enseñó a sus
hijos los caminos de la civilización. Enseñó a los artistas
y artesanos a crear objetos útiles y bellos, les dio canciones,
danzas y poesia y guió a sus gobernantes para que fuesen
justos y misericordiosos.
Bajo su reinado los humanos disfrutaron de felicidad y
abundancia, hasta que los celos hicieron mella en Tezcatlipoca,
su rival, y éste arrasó con todo, instaurando la oscuridad,
la violencia, la muerte, y la fealdad. Quetzalcóatl decidió
abandonar a su pueblo por un periodo, impotente ante el
poder destructivo de su rival.
La gente lloró su partida y esperó ansiosamente su regreso.
Cuando los conquistadores españoles aparecieron por el
mar oriental, los indios creyeron que Quetzalcóatl había
vuelto, por ello los españoles fueron tan bien recibidos
en un principio por el pueblo azteca.
Pero Tezcatlipoca les había jugado de nuevo otra mala
pasada. |