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THE COMMON READER
Clase de lectura
Virginia Woolf
Vintage
Londres, 2003
272 y 330 págs. (dos volúmenes)
POR MARTIN SCHIFINO
Estos volúmenes de ensayos literarios, que se
reeditan por primera vez en casi dos décadas,
aparecieron originariamente en 1925 y 1932. El lector
común, puntualiza Woolf distinguiéndolo
del crítico, “lee por su propio placer
más que para transmitir un saber o corregir las
opiniones de los demás. Sobre todo, lo guía
el instinto de construirse, con lo que encuentre, una
especie de totalidad: el retrato de un hombre, el esbozo
de una época, una teoría del arte de la
escritura”. Rara avis ya en épocas de Woolf,
dicho lector se ha vuelto casi inexistente en la nuestra;
como el dodo, que ni volaba ni corría, lo que
le valió la extinción en las cocinas de
Nueva Guinea, se encuentra calamitosamente adaptado
a un medio ambiente hostil, en su caso saturado de chic
académico, bombardeo informático, canonizaciones
inanes.
De cualquier manera, creer que había algo de
común en sus lecturas sería exacerbar
su falsa modestia con una franca ingenuidad. Cuando
se publicó el primero de estos volúmenes,
Woolf se había desempeñado como crítica
durante más de veinte años en diversas
publicaciones (entre ellas el Times Literary Supplement,
donde, bajo el ala del gran editor Bruce Richmond, escribió
sus mejores reseñas). También su carrera
novelística empezaba a cobrar foco. No es irrelevante
que la novela Mrs. Dalloway, donde Woolf explora el
fluir de la conciencia, creando una variedad enteramente
individual de impresionismo literario, haya aparecido
pocas semanas después de The Common Reader. Durante
los siete años que unen el primer volumen con
el segundo, escribiría además –aparte
de su diario, cientos de cartas, textos biográficos
y cuentos– lo que hoy se considera su obra principal:
Al faro (1927), Orlando (1928), Un cuarto propio (1929)
y Las olas (1931). Que los ensayos de The Common Reader
representen pues los intereses de una novelista es esperable;
pero al mismo tiempo, como escritora experimental, Woolf
se interesaba hondamente por la elasticidad de la forma,
que, “más que la biografía o la
novela”, le permitía explorar su conocida
osadía verbal. Como muchos temperamentos líricos,
veía en el ensayo el género gemelo, no
de la novela sino de la poesía.
Ya en 1920, en The Sacred Wood, una colección
que definió la topografía literaria de
entreguerras, T.S. Eliot abogaba por una crítica
impresionista: “Las percepciones, en una mente
apreciativa, no se acumulan en masa sino que forman
una estructura; y la crítica es el enunciado
en palabras de esta estructura; es el desarrollo de
la sensibilidad”. Aunque no fue escrita pensando
en Woolf, la definición parece perfecta. La prosa
crítica de Woolf no sólo es admirablemente
flexible, discursiva, conversacional, en una palabra,
directa, sino que oculta una cuidadosa construcción
levantada con el objeto de mantener en vilo al lector.
Un ensayo, de acuerdo con las ideas que la escritora
desarrolla en “The Modern Essay”, debe funcionar
como un encantamiento, envolvernos, correr la cortina,
separarnos del mundo. En cuanto al ensayista, “debe
saber escribir”. Desde luego, esto quiere decir
mucho más de lo que parece. “(El saber
de ensayista) puede ser profundo, pero... debe fundirse
de tal modo con la magia de la escritura que ningún
hecho sobresalga, que ningún dogma desgarre la
superficie de su textura.” Estos ensayos participan
de una tradición viviente de lectura y comentario,
diálogo y comidilla literaria, a la que Woolf,
educada en la biblioteca victoriana de su padre, pertenecía
en cuerpo y alma. Los ejemplos clásicos de Samuel
Johnson o William Hazlitt son para ella, aunque difícilmente
para nosotros, voces de una resonancia casi física.
Sin duda esto nos habla de un modo de leer perdido y
perimido. Woolf por momentos ponía en práctica
lo que los filósofos de la mente llaman “psicología
folk”. No sólo le interesaba la vida del
escritor, sino además su personalidad, que creía
asequible a través de los textos (“Debemos
nuestro conocimiento de Jane Austen a algunos chismes,
algunas cartas y a los libros mismos”). A esta
altura de la historia literaria, relegamos observaciones
así al baldío de lo especulativo, de la
ficción involuntaria; pero quizá la falta
sea nuestra. A veces la psicología folk ofrece
el correcto nivel de análisis, como en esta reflexión
sobre Charlotte Brontë: “El escritor obsesionado
por (y limitado a) sí mismo, tiene un poder que
se les niega a los más católicos y abiertos.
Sus impresiones resultan más compactas y marcadas
entre muros angostos”.
Las novelas de Woolf, entre las que figuran, incuestionablemente,
algunas de las más originales del siglo veinte,
por supuesto van a perdurar; pero muchas de sus exquisitas
cualidades –la iluminación circunstancial,
el ordenado acopio de impresiones, la infalible eufonía
woolfiana– surten más efecto en el terreno
del ensayo. Nunca menos que brillante, Woolf como novelista
llega a encandilar. Confinada a un tema y a diez páginas,
irradia en cambio una luz uniforme. Parte del encanto
reside en su saludable desconfianza de las ideas recibidas:
“Admitir autoridades... en nuestras bibliotecas
y dejar que nos digan qué leer, qué valor
darle a lo que leemos, es destruir el espíritu
de libertad que respira en esos santuarios”.
Es fascinante también acompañarla por
su biblioteca mientras comenta sus preferencias (Jane
Austen, Emily Brontë, Joseph Conrad, Thomas Hardy,
Marcel Proust). Pero el mayor atractivo, sin duda, se
desprende de la belleza texturada de su prosa; de las
cadencias clásicas, los párrafos plásticos,
la fuerza perceptiva de las metáforas; de eso
que ella llamaba la magia de la escritura y uno, a falta
de un vocabulario más preciso, podría
denominar estilo.
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